Cuento original de Martín Faunes Amigo

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CASO DE LA MARIPOSA DE PAPELES PERDIDA.®

 

Reconozco que cuando los extraterrestres aterrizaron en el colegio yo no estaba muy alerta. Pero tenía mis razones. Es que ya quería darle un corte al caso de la mariposa, y eso me distrajo. Y si es por prioridades, debí haber estado más pendiente de los extraterrestres, y de que si aparecían causaran el menos daño posible, cierto; sin embargo no me podía sacar de la cabeza que una obra de arte se perdiera así nomás, y menos todavía en uno de esos recreos súper cortos, en que salimos, no llegamos siquiera a la cancha, y ya tenemos que devolvernos a la sala. Había que decir basta, así que eché mi lupa a la mochila y pasé directo del transporte a conversar con el dueño del establecimiento; funcionario que no había llegado todavía, aunque sí, su secretaria, una señorita francesa muy bonita a la cual expresé mi necesidad de entrevistarme con él. Ella quiso saber para qué sería. Le respondí que por “caso mariposa” y le pedí que me apuntara para las diez en punto, hora del recreo largo. -Póngale más exacto: “caso mariposa de papeles perdida color naranja”, le pedí, porque me parecía que era mejor que él ya estuviera enterado y supiera de antemano a qué atenerse en nuestra conversación.

Después de cerciorarme que la francesita había anotado completo lo dicho por mí, tomé camino a mi sala más tranquilo; fue entonces que unas nubes negras lo oscurecieron todo y un par de truenos hicieron asustarse a unas chiquillas de las grandes, y tuve la certeza de que en ese día sí aterrizarían los extraterrestres, y me tuve que maldecir que por culpa de la mariposa no me encontrara suficientemente preparado; por eso después, cuando me quedé pensando, y los compañeros me interrumpieron aplaudiendo y diciéndome “ya pus Andy, vuelve”, y eso fue justo cuando golpearon en la puerta de la sala, me apresiré en abrir porque ya sabía que algo no andaba, y era cierto, porque apareció un desconocido que parecía un androide hablando tan raro, y vestido con corbata, pero sobre todo con una sonrisa de monigote programado.

No tuve ni siquiera necesidad de asomarme al patio para entender que la nave espacial ya estaba ahí, y que el tipo ése había salido de ella y, por mucho que ahora se hiciera el leso preguntando por la tía Pía, era en realidad un extraterrestre y lo que quería era sin duda llevársela para hacer con ella quién sabe a qué zamba y canuta en algún experimento u otra cosa atroz en otra galaxia. Por eso le di el portazo que le di y tranqué la puerta con una silla desocupada para ganar tiempo y ayudarle a la tía a esconderse debajo de la mesa grande donde ella trabaja.

 

La tía no entendía nada y me pedía que la dejara salir de ahí abajo donde estábamos rodeados por todos los otros chiquillos, mientras los extraterrestres estaban esperando ahí detrás de la puerta trancada para raptar a la tía que es tan linda y nos quiere tanto; y se lo dije “quédese tranquila, ¿qué no ve que los extraterrestres vienen a llevársela...? pero yo estoy aquí con usted para salvarla”.

Así le dije y ella por suerte lo entendió y se quedó ahí quietita y abrazada conmigo, hasta que me preguntó en voz baja si ya se habrían retirado, y como yo supuse que eso era lo más probable, le informé: “afirmativo”. Salí por eso de abajo de la mesa, y la ayudé a salir a ella también, y a que se sacudiera el polvo del piso.

Todo bien, excelente. ¡¡¡¡¡¡¡¡Noooooooooo!!!!!!!!, todo mal, porque en el recreo largo de las diez, yo que me dirijo a la oficina para hablar con el director sobre el caso de la mariposa, y con lo primero que me encuentro allá, nada menos, es con la tía Pía pierna arriba, conversa que conversa con el mismísimo androide, y encima le sonríe. Me acerqué corriendo y le dije a él de un tirón que si andaba buscando a alguien con quien casarse, con la tía Pía, iba mal, porque ella no deseaba casarse todavía, y mucho menos con un marciano apestoso. Y que por lo demás, cuando ya quisiera casarse, ella se iba a casar conmigo, porque así me lo ha prometido. Eso le dije.

Y cómo son los marcianos, cómo confunden. Hay que tener en cuenta nomás que la tía Pía estaba engañada por él totalmente, como que me dijo, “no mi lindo, el señor no es un marciano sino un caballero que vino de un país lejano a mostrarnos estos libros con cuentos y dibujos tan bonitos”. Y me los quiso mostrar, pero yo no los quise ni ver para no caer en ninguna treta sucia.

“¡Váyase de aquí altiro si no quiere que llame a la policía y a los bomberos!”, le dije, y éste, el muy engañador, se puso de pie diciendo que había sido un placer estar por aquí y otras cosas tontas como ésas para hacerse el leso y el simpático. Pero se tuvo que ir nomás. Así que ahí partió hacia la salida y yo me fui tras suyo para asegurarme de que efectivamente se fuera. Me quedé incluso vigilando hasta que se perdió total por deatrás del murallón blanco que da para la calle, ahí donde tendría, de seguro, escondida su nave espacial llena de extraterrestres traidores.

Y entonces vino lo bueno: primero, cuando venía de vuelta por el jardín, como prueba de que las nubes negras habían sido provocadas por la nave de los androides, se despejó el cielo por arte de magia. Segundo, de atrás de un rayo de sol apareció aleteando, quién lo hubiera creído, mi mariposa perdida hecha de pajitas de escoba y papeles de volantines. Capaz la habían tenido todo este tiempo raptada esos marcianos perversos, pero se les habría escapado y ahí iba ahora la bonita de flor en flor mientras yo seguía mis pasos tranquilo porque la mariposa se había salvado y a la tía Pía no se la habían podido llevar, así que ahí estaría en las clases, enseñándonos todas esas cosas maravillosas a nosotros que sabemos tan poquito pero la queremos tanto.

 

Cuando me senté por fin en mi pupitre, atiné a mirar por la ventana y ahí estaba de nuevo, unos metros más allá suspendida en el aire, mi mariposa de papeles perdida.

Cuando la tía Pía quiso saber por qué yo decía con tanta seguridad que ésa era la mariposa que yo había fabricado, le contesté que eso era algo evidente porque yo era el único del curso que había traído papel de color naranja el día que las hicimos; y, como esa mariposa era justamente anaranjada, no podía ser de la Poli ni de la Maca, ni tampoco la de Coté ni la del Luciano, mi mejor amigo; sino sólo la hecha por mí y que me quedó anaranjadita y así tan linda como me mira y me hace gracias aleteando al otro lado de la ventana.

El caso de la mariposa de papeles perdida se podía dar entonces por resuelto, y ni siquiera había tenido que sacar mi lupa de detective.

 

Martín Faunes Amigo, enero 2004.

 

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